martes, 3 de marzo de 2015

Cofrade


La Semana Santa ya está a la vista, las bandas de música ensayan para los desfiles procesionales y los cofrades han comenzado a desempolvar las túnicas. Como anticipo, todas las cofradías y hermandades de la diócesis de Coria-Cáceres, desde hace veintiséis años, se reúnen en una asamblea multitudinaria; este año, en Montehermoso, el pasado sábado, veintiocho de febrero.

Limitar la labor de un cofrade al momento puntual de la o las procesiones en las que participe sería empobrecer enormemente el sentido propio del mismo. Cofrade -cum frater, en latín- significa "hermano-con", o sea, aquel que vive y celebra la fe con otros hermanos. No se entiende, pues, un cofrade sin la referencia a una comunidad.

La Escuela Cofrade que existe en la diócesis, y por la que ya han pasado más de setecientos hermanos, entre otros, tiene el objetivo de concienciar a sus participantes en la necesidad de ser cofrade todo el año y de vivir su ser cofrade en referencia a la comunidad parroquial a la que pertenece. De hecho, la gran mayoría de las cofradías, penitenciales principalmente, surgieron no tanto en torno a una imagen, sino para paliar ciertas necesidades y carencias que se daban en la comunidad durante el año: asistencia a los pobres, enfermos, parados, encarcelados, viudas y huérfanos, etc.


Ese sentido de comunidad y de labor social y caritativa es el que habría que recuperar. En la Asamblea celebrada en Montehermoso se ha reflexionado sobre la aportación y participación de las cofradías y hermandades en el XIV Sínodo Diocesano que se está celebrando en la diócesis de Coria-Cáceres. El Sínodo puede ser la gran oportunidad de todos los cofrades para encontrar de nuevo su verdadero lugar en las comunidades de pertenencia y para que su estar no sólo sea el pocesionar durante la Semana Santa, por muy de interés turístico que sea.



lunes, 16 de febrero de 2015

Carnaval y Cuaresma

El carnaval, como todo lo espectacular y colorido, se ha convertido en un evento mediático, que copa las primeras páginas de los periódicos y abre informativos. Pero “ya no es lo que era”, se suele escuchar entre los mayores de nuestros pueblos.
En muchos lugares, los disfraces es ya sólo cosa de niños y jóvenes. Los niños para perder un día de clase, porque se suele adelantar al viernes, y los jóvenes para sacar el botellón a la calle. Se conserva con fuerza, eso sí, en aquellos lugares donde el carnaval ha subido de nivel, convirtiéndose en atracción turística.
El carnaval nace unido a la cuaresma. Como antesala de la misma, servía para darse los últimos caprichos antes de que comenzaran los rigores penitenciales. Y, como la cuaresma ya no es tampoco lo que era, no lo puede ser el carnaval.
La cuaresma, que comienza con el miércoles de ceniza, es para los cristianos “un tiempo de renovación”, según el Papa Francisco en su mensaje para este tiempo. Quizá sería bueno no dejar pasar de largo la oportunidad de recuperar su sentido.
Lo primero que al Papa le preocupa es el peligro de “la globalización de la indiferencia”. “Yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial”.
Francisco propone como solución preguntarse: “¿Dónde está tú hermano?” y tomar conciencia de que en el mundo somos una unidad y “si un miembro sufre, todos sufren con él”.
 “La cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro” y “ayudar con gestos de caridad”. Hay que “superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia”, “porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida”. No negarán que esto son, incluso, luces para superar la crisis.

Si los cristianos recuperásemos la cuaresma, el carnaval se llenaría de sentido.


lunes, 2 de febrero de 2015

Velocidad funcionario


Existe la velocidad de la luz, los límites de velocidad, la velocidad de paseo, y la del funcionario. Seguro que no hace falta que diga a qué me refiero. Pero, por favor, no se me ofenda nadie. Sólo pretendo expresar las, a veces, desesperantes experiencias que nos toca vivir en las salas de espera.
Llevas sentado ya un buen rato. Vas viendo cómo en otras secciones o departamentos llaman con asiduidad, y tu cola no avanza. De repente, el o la funcionaria se levanta, lleva papeles en las manos, sale y enfila el interminable pasillo hacia la fotocopiadora, que siempre está al final y, entonces, lo ves: ha puesto la velocidad funcionario. Es una marcha parsimoniosa así como solemne –cabeza alta, hombros hacia atrás, miradas frecuentes a izquierda y derecha- y en cámara lenta.
La desesperación es ya, entonces, total. Si por lo menos llevase un alegre trote cochinero, las esperanzas de no sentir que has perdido toda la mañana aún se mantendrían, pero, no. Y, en el colmo de las desdichas, cuando ya te va a tocar, ves que de nuevo se levanta, sin decir nada, esta vez va hacia la parte posterior de la estancia, hacia el perchero, coge la bufanda y el abrigo y, para qué decir algo, ya sabes que ha llegado la hora del café. Café que tú no te tomarás, porque, si no, pierdes la vez. Toca esperar otra media hora, más un cuarto de la bajada a velocidad funcionario, más otro de subida a la misma velocidad. Y ahora, cuando entres, que te diga que te falta un papel…
Porque ya no vivimos en la católica España, si no habría metido la mano en el bolsillo, habría sacado las cuentas y habríamos comenzado todos: “Santo Rosario; por la señal…”
Menos mal que hoy las autopistas de la información te permiten, con el móvil, mientras esperas, haber resuelto tres asuntos por teléfono, contestado cuatro correos y superado cinco niveles del Candy crush.


DISCULPAS: Pido perdón a todos los que se han sentido ofendidos al leer este artículo en el periódico. Pretendía ser irónico y quizá haya ido más lejos de lo debido o haya expuesto la situación sólo desde un punto de vista y, además, excesivamente simplón. Generalizar no es bueno.

martes, 20 de enero de 2015

Libertad de expresión

Condeno el terrorismo. Nadie debería sufrir por los actos de otro ser humano.

Europa está ahora envuelta en el terror, causa de los últimos atentados y amenazas terroristas. Es deleznable la actitud yihadista de aniquilar a todo el que no coincida con sus creencias.

Hecha esta condena, hay que añadir que tampoco puede tener consistencia alguna la idea de que la libertad de expresión no tiene límites. El derecho a la libertad de expresión no es absoluto, tiene límites, el límite es, principalmente, la dignidad de la persona. Por eso, las leyes, para proteger a la persona, condenan las calumnias e injurias, la incitación a la violencia o al delito, la discriminación o la apología del terrorismo.

Es verdad que no debe haber una censura previa, pero si alguien me insulta o publica falsedades sobre mi persona, tengo derecho a denunciarlo. Y, si tengo derecho y puedo demostrar que eran insultos y falsedades, quiere decir que al tal alguien no le amparaba ningún derecho, tampoco el de expresión, para expresarse así.

Existe también el derecho a la libertad religiosa. Nadie debe ser discriminado por su credo. Pero, ¿hasta dónde puede llegar la libertad de expresión, para no atentar contra el derecho religioso?

Recuerdo la enorme polémica que hubo en Cáceres con una exposición fotográfica que literalmente insultaba las creencias cristianas, parafraseando escenas evangélicas con desnudos o sustituyendo la hostia por un excremento humano. Aquello me dolió y me sigue doliendo en el alma. Ciertamente, tal barbarie no hubiese justificado la mayor barbarie aún de llegar a algún tipo de violencia física. La pena es que ni entonces, ni ahora, tenía recursos económicos para interponer una demanda judicial.


El que una expresión de tal tipo, por el motivo que sea, quede impune, no quiere decir que no sea reprobable. Respeto, por favor.



Abuelos y matanza

Con mi sobrino Dani, echando la calabaza cocida a escurrir para hacer las morcillas
La Navidad es un tiempo muy propio para las tradiciones familiares. Una de esas tradiciones es la matanza. Ya se va perdiendo, pero todavía quedan familias que acostumbran, aprovechando el que se reúnen todos, para matar el cerdo y preparar los tan ricos chorizos, morcillas, patateras, farinatos, buches, lomos, jamones.

El viernes me tocó llevar al veterinario los trozos que el “matanchín” había separado para ser analizados. Estando allí llegó un abuelo con sus dos lenguas, la de los guarros, para analizarlas. Entre comentarios sobre lo bien que cae el nuevo Papa, los curas, la familia y las tradiciones, el hombre comentó: “En casa ya sólo somos dos, yo ya no tengo necesidad de hacer la matanza, pero tengo una huertina, y ¿qué hago con los desperdicios?”

Imagino que, siendo dos en casa, no creo que se coman los dos cerdos, por lo que es de suponer que la matanza más bien la preparan para los hijos. Este hombre es de los que emigraron “al norte” y ahora, jubilados, han regresado al pueblo que los vio nacer. Seguro que también ellos, cuando venían en vacaciones, eran de los que se decía que venían con el maletero del coche vacío pero volvían con él pegando en el suelo.

Era normal que los emigrantes aprovechasen para hacer el acopio de los productos de las huertas y de las matanzas, que con tanto cariño les tenían preparados sus padres. Por eso quizá sean ahora ellos los que también mantienen viva la tan entrañable tradición, que en boca del veterinario, es toda una fiesta familiar y vecinal.

Durante estos días he ido a Cilleros a celebrar la misa y, aunque el templo no pareciese vacío, lo cierto es que nuestras iglesias van pareciendo centros de jubilados. Está claro que son los mayores los que mantienen las tradiciones. Y que sea por muchos años. No permitamos que se pierda tan rica sabiduría popular.

Feliz año nuevo.